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La ciudad natal
 
Puesto que pude haber nacido en El Cairo hace dos mil trescientos años, en Kiev hace dos siglos y en Pakistán hace tres horas, he decidido hacer un elogio a mi ciudad natal. Me corrijo. No hablaré de mi ciudad natal, sino de la ciudad natal en abstracto, es decir, del lugar en el que cada uno nació y en el que algo queda de nosotros a pesar del tiempo transcurrido desde entonces y de la distancia que nos separa de ella. Este algo puede ser un padre, una madre o un hermano; un primo, una abuela o un compañero; o si nada de esto queda ya, por lo menos nuestro ombligo.
Juan Jesús Priego
 
 
Suele decirse que el hombre posmoderno vive como saltimbanqui, pues nace en un lugar, vive en otro y va a morirse a otro más. Es posible que sea así. No obstante, la ciudad natal será siempre el objeto de sus añoranzas más secretas, de sus nostalgias más recurrentes: es el lugar del que partió, pero también el lugar al que piensa regresar no importa cuando. En el fondo, todos somos un poco como Ulises, que por muy bien que nos la pasemos en la isla donde Calipso nos tiene prisioneros, siempre estaremos añorando nuestra rocosa Ítaca. Porque Ítaca no es solamente un bello nombre; es, ante todo, la ciudad de los recuerdos. «Es el único lugar donde me siento yo mismo –dice el personaje de una de las novelas de Iris Murdoch (1919-1999) al referirse a la ciudad en que nació-: el único lugar del mundo en que se habla la lengua de mi corazón» (The Italian Girl).
«Participa el agua de las cualidades buenas o malas de las venas por donde pasa, y el hombre de las del clima donde nace», observó con agudeza Baltasar Gracián (1601-1658) en el aforismo número 9 de su Oráculo manual. Y lo mismo dijo Vintila Horia (1915-1992), el filósofo rumano, aunque con otras palabras: «En donde quiera que se encuentre, a lo largo de su historia, en Europa, en América, en Australia, el hombre llevará consigo su espacio matriz, determinado por su ambiente primordial» (Presencia del mito). Y don Miguel de Unamuno (1864-1936): «Aquellos paisajes que fueron la primera leche de nuestra alma, aquellas montañas, valles o llanuras en que se amamantó nuestro espíritu cuando aún no hablaba, todo eso nos acompaña hasta la muerte y forma como el meollo, el tuétano de los huesos del alma misma» (Andanzas y visiones españolas). Lo queramos o no, llevamos en nuestra alma los bosques o los páramos, las selvas o los desiertos que vimos por primera vez.
En la Huasteca, región mexicana de las más exuberantes del país, los hombres son espontáneos y dicharacheros, pero conforme va uno acercándose al Altiplano éstos van tornándose secos y tristones, como el paisaje en el que se pierde su mirada. Sí, poseemos las cualidades del clima en que nacimos. Pero hay todavía algo más. En la ciudad que nos vio nacer viven todavía algunos hombres y mujeres que nos recuerdan y que acaso podrían ayudarnos a hacer más comprensible nuestro misterio personal, pues al habernos conocido en las etapas más tempranas de nuestra existencia poseen ciertas claves de interpretación sin las cuales nuestra vida se vuelve más nebulosa, más oscura.
-Tu madre –nos dicen estos seres- era de aquel modo y de aquel otro. Te llamaba con este nombre, te decía aquello y lo de más allá. Tú no sacaste la nariz de tu padre, sino la de tu abuelo, que te sentaba en sus piernas y te contaba historias de aparecidos a la hora del atardecer. Tú jugabas estos juegos y hacías estas preguntas. Déjame decirte lo que me hiciste una vez cuando todavía gateabas...
Escuchando a aquellos viejos, nuestro enigma personal se hace más claro. Además, es posible que en alguna habitación húmeda o abandonada de este pueblo o ciudad haya incluso fotografías nuestras que nunca compramos y que el fotógrafo aún conserva en un cajón de su casa por puro honor a su arte, o bien fotografías que otros compraron y en las que nosotros, aunque sea un poco a la izquierda, en el fondo o en un rincón, también salimos. Y al mirar aquella cabeza, aquel rostro que ya prefiguraba el actual, nuestra memoria se llena de presencias perdidas, de rostros jamás vueltos a ver, de juegos nunca otra vez jugados, de melodías nunca más vueltas a entonar. En Ítaca siempre queda algún vestigio, por pequeño que sea, del Ulises que partió.
En una novela de Jaroslaw Iwaszkiewicz (1894-1980), el escritor polaco, aparece un personaje –un tal Wiktor Ruben- que después de muchos, muchos años, regresa al pueblo en el que jugó de niño. Cuando lo ven llegar, sus primas gritan alborozadas, como no creyendo lo que ven sus ojos.
-«¿Sabéis que de ningún modo me esperaba esto? –confiesa el recién llegado-. ¡Cómo son las cosas! ¡Y yo convencido de que mi persona había pasado por Wilko como una sombra errante!
-»Pues estabas equivocado -protesta la prima menor-, ya que siempre íbamos a ver a nuestros tíos y preguntábamos por ti».
En nuestro pueblo natal, por mucho que nos hayamos alejado de él en el tiempo o en el espacio, siempre hay alguien que pregunta por nosotros, alguien que recuerda o simplemente se acuerda (que no es lo mismo)... Pero queda todavía por decir lo más importante, y es que la ciudad natal es el lugar en el que están nuestros muertos. Gabriel García Márquez lo dijo mejor que nadie al comienzo de Cien años de soledad: «Uno no es de ninguna parte mientras no tenga un muerto bajo la tierra». Somos del lugar en el que se hallan nuestros muertos; en último término, son ellos los que determinan nuestra nacionalidad. Ya podemos subir, bajar, sellar pasaportes, recorrer mundos o solicitar ciudadanías: en el fondo, seremos siempre del lugar donde se hallan nuestros muertos; donde la semilla de sus cuerpos, oculta y misteriosamente, reposa esperando la llegada del Sol que nace de lo alto, la explosión de la Primavera.
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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