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Pablo el caminante eterno, capítulo XXIX. Prisioneros en Filipos.
 
Los tiempos pasan, pero los hombres siguen siendo iguales, hoy en día muchos jueces condenan con suma ligereza a los que no tienen recursos para defenderse o incomodan a los intereses establecidos, así fue en el caso de Pablo y Silas, que pudieron haber interpuesto su ciudadanía romana, pero tal vez por el poco respeto a la justicia que había en algunas de las provincias romanas, o por la presión de la multitud decidieron no hacerlo en ese momento, en realidad no lo sabemos.
Jorge Espinosa Cano
 
 
Imaginemos las condiciones de las prisiones de aquellos tiempos. Celdas pequeñas, sucias y malolientes, los prisioneros tratados de una manera totalmente inhumana. Los pies asegurados con tornillos al cepo de madera, las muñecas y el cuello metidos en argollas de hierro sujetas por medio de un gancho al muro y en un ambiente rodeado de maldiciones, de quejidos, de odio y dolor.

Todo era siniestro y patético, y más por la noche, pero precisamente esa noche sería totalmente diferente cuando en medio de la mayor oscuridad se empezaron a escucha oraciones y cantos, eran Pablo y Silas y Timoteo que en vez de maldecir o de quejarse oraban y cantaban al Señor, esto causaba una sorpresa y estremecimiento entre todos los presos que jamás habían pasado por un experiencia semejante, y seguramente aún en esos corazones endurecidos por las adversidades de la vida y los sufrimientos que eran insensibles como una piedra se sentían emocionados.

Entonces sucedió algo totalmente inesperado y milagroso apara los creyentes, para los que no podrían decir que simplemente fue una casualidad que en aquel momento temblara en una zona que en ocasiones así sucede, entonces se empezaron a desprender las cadenas de los muros, y los presos empezaron a liberarse unos a otros, pero Pablo calmó a los presos y les pidió que no escaparan.

Cuando el guardia vio las puertas abiertas trató de suicidarse para evitar el castigo a que sería sometido, que seguramente lo llevaría a la muerte en medio de grandes torturas, pero Pablo le dijo: Detente que todos estamos aquí. El carcelero que los había escuchado cantar y rezar estaba seguro de que una fuerza superior había venido en su auxilio, así que una vez recuperado de su angustia desde lo más profundo de su alma les gritó a los apóstoles a los que ahora consideraba seres superiores: “Señores, ¿qué debo hacer para salvarme”. Posteriormente se bautiza con toda su familia.

Los magistrados informados de todo lo que había pasado se atemorizan y mandan decir que los presos pueden salir de la ciudad, pero ahora Pablo dice que no se irán así en secreto, que son ciudadanos romanos y han sido azotados y hechos prisioneros sin causa laguna, los magistrados se alarman más al saber que son ciudadanos romanos y acuden en persona a ver a los prisioneros suplicándoles que abandonen la ciudad para evitar más problemas, y los acompañan personalmente a casa de lidia.

Ahí Pablo organiza la manera como debería de quedar la comunidad a su partida, y deja a Lucas que además seguramente ejercía también en Filipos su profesión de Médico a que se quede un tiempo supervisando el funcionamiento de esta, al menos así se puede suponer ya que Lucas cambia el nosotros por ellos durante unos capítulos en su narración de los hechos de los Apóstoles.
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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