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Los apellidos
 
Yo fui uno de los que también creyó en la cigüeña. De hecho, la primera crisis intelectual de mi vida tuvo lugar gracias a esta ave misteriosa. Me decía a mí mismo: «Bien, la cigüeña es un pájaro flaco, grande y fuerte; pero, ¿cómo es que pudo hacer el nudo de los pañales?». Esta pregunta, la primera tal vez de todas mis preguntas, fue respondida con un golpe de imaginación. Me imaginé a Dios (un señor de largas barbas blancas) haciendo cuidadosamente un paquete y colocándolo después en el largo pico de su mensajera.
Juan Jesús Priego
 
EUM SEIE 12 marzo 2018.-
 
Pero no todo acababa allí, pues aún quedaban otros muchos enigmas por resolver. Por ejemplo: en el supuesto caso de que el animal se equivocara de techo o de dirección, ¿qué hubiera sido de mí? ¿Habría tenido otros padres de los que de hecho tenía? La cosa era alarmante, porque ¿cómo es que decían mis parientes que me parecía a mi madre si podía ser igualmente el hijo de la vecina? No, la cosa no era tan sencilla, y se necesitaba ser muy cándido para aceptar sin problemas semejantes explicaciones. Mi nariz, según decían mis tías cada vez que podían, era la misma nariz de mi padre; ahora bien, ¿cómo es que mi nariz era precisamente así y no más ganchuda o más recta, de modo que el vecino de dos casas más allá, en caso de un error en la entrega, hubiera podido aceptarla sin rechistar y sin hacerse demasiados cuestionamientos en torno a la honradez de su esposa?
¿Existían, pues, niños que no eran hijos de sus padres, y padres que no lo eran de sus hijos? Y todavía: ¿uno no era nunca más que un recogido o un expósito? ¡Un verdadero problema que sólo se resolvió cuando supe la verdad de todo! Entonces descarté la explicación de la cigüeña y lancé un suspiro de alivio. Porque lo problemático no era saber que, al igual que los animales, también nosotros habíamos ido creciendo en el vientre de nuestras madres; eso se entendía bastante bien, sobre todo si habíamos tenido en casa perros o gatos. Lo verdaderamente problemático era lo otro, lo de ser hijos de la casualidad. ¡Bienaventurados los niños, porque para ellos es mucho más clara la verdad que la mentira!
Parecerá cosa de risa, pero en más de una ocasión me he escuchado a mí mismo dándole a Dios las más sinceras gracias por no habernos hecho (en este caso sería mejor decir ensamblado) en una especie de fábrica celestial de bebés que, por muy celestial que fuera, no podría ser muy diferente a aquel pavoroso Centro de Acondicionamiento que tan bien describió Aldous Huxley en Un mundo feliz, ese infierno tecnológico. ¡Qué bueno que Dios no nos armó en una fábrica como ésa, ni nos lanzó al azar del vuelo de un pajarraco! ¡Qué fortuna que nos quiso carne de otra carne y vida de otra vida! ¡Qué bueno que el color de los ojos, la textura de la piel, el tamaño de las manos e incluso las dimensiones de nuestro mentón nos hayan sido dados a través de otros, esos otros que no son solamente nuestros padres, sino también nuestros abuelos y bisabuelos y toda esa larga serie de hombres y mujeres que designamos con el altisonante nombre de antepasados! De esta forma nos ligamos a un tiempo que de tan remoto no creíamos nuestro y que de alguna manera nos hace probar, aunque sea en migajas, eso que sólo pertenece a Dios y que se llama eternidad.
¡Quién hubiera dicho que para que yo existiera fue necesario que un 27 de julio de 1813, a las cuatro y media de la tarde, dos jóvenes vestidos de una manera que hoy nos parecería extraña se encontraran bajo la sombra de un flamboyán en la plaza de su pueblo! Si ellos no se hubieran conocido, muy diferente del que es habría sido mi destino. Desde la perspectiva de lo sobrenatural, de Dios, yo era una de las consecuencias posibles de aquel encuentro lejano. ¿Cómo es que se conocieron? No lo sé, pero aquel acontecimiento me concierne directamente, aunque haya tenido lugar hace más de siglo y medio. Tengo una deuda muy grande con esos dos seres a quienes no conocí y que no he podido ver ni siquiera en viejas fotografías carcomidas por el tiempo o los ratones. Son los muertos de mi vida.
Agregarle a nuestro nombre dos apellidos es, si no me equivoco, reconocer la deuda que tenemos con ellos y decir: «Sin estos seres, mi misterio personal no podrá ser nunca descifrado. Yo no me debo completamente a mí mismo, sino que soy deudor de unos encuentros que me precedieron y de los que no tuve noticia. No soy pues hijo de mi sola libertad, sino también de muchas libertades que me antecedieron en el mundo y que ahora ya no están». Los portugueses, por un acto de reverencia hacia la mujer, utilizan primero el apellido materno y sólo después, como segundo, el paterno. Pero el orden de los factores ni en matemáticas ni aquí altera el producto.
De los hombres y mujeres que pueblan una cierta zona de México dijo una vez Juan Rulfo (1917-1986) a Luis Harss en el transcurso de una entrevista:
«Casi todos han emigrado. Los que se han quedado atrás lo han hecho para no dejar a sus muertos. Los antepasados son algo que nos liga al lugar, al pueblo. Ellos no quieren abandonar a sus muertos. A veces, cuando se van, cargan con ellos. Llevan sus muertos a cuestas. Y hasta cuando los abandonan, de alguna manera siguen acarreándolos».
¿Por qué el hombre antiguo no usó apellidos? Porque vivió siempre entre sus muertos. Pero el hombre moderno empezó a moverse tanto que, al no poder cargar físicamente con ellos, los empezó a cargar espiritualmente en los apellidos, y desde entonces los carga.
Tal vez parezca extraño decirlo, pero es así: el hombre es el único ser que lleva a sus muertos adondequiera que va. No puede vivir sin ellos. Y cuando pueda hacerlo, se volverá animal: como esas mascotas que nada tienen, salvo un nombre.
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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