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Pablo el caminante eterno, capítulo XXXII. Del pie del Olimpo a Atenas
 
El Olimpo, el monte más alto de Grecia donde habitaban los Dioses Griegos recibía a sus pies a Pablo y sus amigos, que venían huyendo de las intrigas de los judíos de Tesalónica, aquí había una pequeña ciudad llamada Berea abundante en fuentes, rodeada de viñeros y olivares y en general muy tranquila, la mayoría de sus habitantes eran canteros que se dedicaban a trabajar el mármol y Pablo pensaba estar ahí tan sólo mientras las cosas se tranquilizaban en Tesalónica para regresar, pero como sus enemigos seguían en pie de guerra Pablo se puso a trabajar con la comunidad judía local que se reunía en la pequeña sinagoga de la ciudad, los apóstoles empezaron a explicarles como todas las profecías se aplicaban a Cristo , y también porqué Jesús representaba un liderazgo espiritual y no político como el que muchos judíos se habían imaginado sería el del mesías
Jorge Espinosa Cano
 
 
Así fue aumentando el interés de la comunidad por entender el auténtico significado de las escrituras, y cómo Jesús era el cumplimiento de la promesa de Dios, y se convertía en el salvador del pueblo, librándolo de sus pecados, y entonces empezaron las conversiones encabezadas en este caso por lo principales de la comunidad, aquí se adhirió a Pablo un hombre llamado Sópatro que más adelante acompañaría a Pablo.
Pablo sintió que podría realizar su labor con tranquilidad y así fue durante un tiempo, hasta que sus enemigos llegaron nuevamente, y aunque no recibieron el apoyo que esperaban si generaron un cierto ambiente de desconfianza, así que Pablo decidió salir, pero tomó una decisión que le costó mucho trabajo, dejar a Silas y Timoteo en esa pequeña ciudad para consolidar la obra que apenas habían iniciado.
Cansado de las persecuciones en Macedonia decidió marcharse para Atenas, así que tres días viajó por mar, seguramente pudo reposar su alma admirando las diferentes costas que aparecían a su vista y las noches silenciosas llenas de estrellas que le permitían imaginar la grandeza de la creación, y al cuarto día al amanecer pudo contemplar ante sí la famosa ciudad de Atenas, cuna de tantos personajes que hicieron brillar la belleza y la fuerza ante al mundo, para dejar huellas de una cultura que han llegado hasta nuestro tiempo como una de las más brillantes de toda la historia.
Ciertamente Pablo no llegaba a esa Atenas que todos nos imaginamos, en su época esa grandeza hacía mucho tiempo que se había perdido y ahora era una pequeña provincia romana, pero aun así esa ciudad donde habían habitado personajes como Pericles y Platón tenía un dejo de esa grandeza, que debe haber tenido algún impacto sobre Pablo, que solitario y sin conocer a nadie se dedicaba a recorrer una ciudad de un mundo ahora si totalmente griego, para orientarse y pensar sobre que habría de hacer y como iniciar ahí su evangelización.
Como contraste sus habitantes vivían bajo un servilismo total a los romanos, no se percibía la nobleza de Sócrates que había sacrificado su vida en aras de defender la libertad de su pensamiento, junto con otros que se inquietaban porque percibían que la verdad si existía y se podía encontrar, y curiosamente ese judío que vagaba por las calles la había encontrado no por méritos propios, sino por la revelación del que es la la verdad misma, y se preparaba así para enseñarla muy pronto.
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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