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Sobre la amistad
 
Los amigos verdaderos no duermen, o no debieran hacerlo mientras su amigo los necesita.
Juan Jesús Priego
 
EUM SEIE 7 mayo 2018
 
Una amistad termina cuando acaban las preguntas. El día en que nuestro rostro feliz o enojado, triste o descompuesto no mueve a la interrogación del amigo, ese día la indiferencia ha ganado una batalla. Ser amigo es interesarse, es preguntar.

El deprimido no espera que un transeúnte lo detenga a media calle para preguntarle qué le pasa; pero lo que no espera del transeúnte, lo espera del amigo; es más, no sólo lo espera, sino que secretamente lo exige. Dice por lo bajo: «Pregúntame por mi estado. ¿No ves cómo estoy? Esta manera de andar, de hablar y de hacerlo todo, no es la habitual en mí. Pocos me conocen, y tú eres uno de esos pocos. Hazme, pues, preguntas acerca de lo que me sucede».

Aun cuando el desesperado no tenga ganas, ni humor, ni fuerza para responder a la pregunta «¿Qué te pasa?», la espera. Y si esa pregunta no llega a formularse, se siente más desesperado todavía.

En una página de Así hablaba Zaratustra, el filósofo alemán Friedrich Nietzsche dejó caer esta perla de sabiduría: «El amigo debe ser un maestro en la adivinación y en el silencio». (¿Acaso más en lo primero que en lo segundo?).

Sólo el verdadero amigo es capaz de adivinar. Gracián llama a los amigos «zahoríes del corazón», pues ellos adivinan siempre, y no porque tengan entre sus haberes una bola de cristal mediante la cual atisben lo que sólo Dios está en grado de saber; aunque sea un maestro en la adivinación, el amigo no es un mago ni un echador de cartas, es decir, no está nunca seguro de lo que sucede, aunque presiente ciertas cosas, y es este presentimiento el que lo hace diferente a todos los demás, que no adivinan ni presienten nada porque son indiferentes.

Adivinar tampoco es saber. El amigo no sabe, pero, a través de sus preguntas, quiere acercarse a la verdad: un poco así como Sócrates, que se definía a sí mismo amigo de la sabiduría más que sabio (filósofo) propiamente dicho. Tanto la filosofía como la amistad nacen y se mantienen gracias a las preguntas, al diálogo que no cesa, al interés que interroga e inquiere.

Muchos creen, erróneamente, que adivinar es dar por supuesto. Y estos malditos supuestos han representado, en más de una ocasión, la muerte de la amistad. Jamás una palabra de afecto, un reconocimiento explícito, una confesión sincera. «Es verdad que no te envié una invitación para la fiesta que organicé la semana pasada. No es que me haya olvidado de ti, nada de eso, pero es que tú no necesitabas invitación». Ahora bien, ¿quién le dijo a este mal amigo que no la necesitaba? ¡Claro que la necesitaba, y mucho! Él más que los otros...

Hay quienes, dando por supuesto el afecto, dicen: «Él ya sabe cuánto lo aprecio: no hay, pues, ninguna necesidad de que se lo exprese», y de ese modo llegan a ahorrarse una cantidad nada despreciable de dinero: jamás envían una tarjeta de felicitación, ni hablan por teléfono, ni envían telegramas. Si se trata de escribir un e-mail, no lo hacen nunca, porque sea como sea Internet cuesta (si no ya dinero, por lo menos tiempo). ¿Cómo llegará a saber el otro que realmente lo queremos si en la práctica nunca nos acordamos de él?

Cuando, según cuenta la Ilíada, Aquiles se puso a buscar entre los muertos el cadáver de Patroclo, su gran amigo, tan cansado estaba por la tarea de revolver cadáveres que se quedó dormido. Entonces el espíritu de Patroclo se le apareció «un poco arriba de su cabeza» para decirle:

«-Tú duermes, Aquiles, y mientras tanto me olvidas. Cuando estabas vivo no me descuidabas; mas ahora que estoy muerto ya no te ocupas de mí. ¡Vamos, entiérrame pronto!».

Los amigos verdaderos no duermen, o no debieran hacerlo mientras su amigo los necesita. Y, como Patroclo, también Jesús, un día, reprochó a sus amigos la facilidad de su sueño. «¿Duermen?» (Cf. Marcos 14,37; Lucas 22,46), les preguntó lleno de una infinita tristeza. Sí, dormían.

Leo en el Diario de Katherine Mansfield (1888-1923) la siguiente anotación (1 de abril de 1914): «He pasado otra jornada espantosa. Nada me ayuda, ni podría ayudarme, salvo una persona que adivinase». No dice más. El día, prácticamente, acaba ahí. Pero es casi seguro que lo que la novelista echaba de menos era la presencia de un amigo, pues de entre todos los que pueblan el planeta él es el único que podría adivinar si lo quisiera, si luchara aunque fuera un poco contra sus ojos que se cierran.

«Hola, Luis, ¿cómo estás?», oyó una noche Luis Rosales que le preguntaba un amigo muerto. Y el poeta, aquella misma noche, escribió:

Es Juan Panero quien me habla; murió y era mi amigo.
Y ahora,
después de nieve,
después de siempre,
ha venido, ha venido.
(¡Sí, tú siempre tendrás calle, tú siempre la tuviste,
tú siempre tienes calle para llegar a mí!).

El amigo siempre sabe la calle para llegar a donde lo esperamos; es el único que no se perdería aunque tuviera que ir a buscarnos al corazón de un laberinto: el hilo de su afecto lo guiaría infaliblemente hacia nosotros.
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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