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La conquista de la igualdad y el eclipse del padre
 
Los verdaderos hombres son aquellos que dan más de lo que se quedan, en una palabra, ellos tienen en alto la palabra “servir”. Servir a su familia, a la sociedad y a Dios.
Hablemos un poco de la “igualdad” a la que muchas mujeres aspiran hoy.
Norma Mendoza Alexandry
 
EUM SEIE 12 junio 2018.-
 
En España, las mujeres deben estar orgullosas ya que el séptimo Presidente de Gobierno desde la restauración de la democracia Pedro Sánchez, se ha rodeado de un equipo amplio con mayoría femenina, pues pasa de 13 a 17 carteras de las cuales 11 son mujeres en las áreas de más peso, éstas “con carreras exitosas para servir a España”, dijo Sánchez. Carmen Calvo en la Vice-presidencia encarna el potencial feminista y de defensa de la “igualdad” que dice perseguir el jefe de gobierno.
Pasemos a reflexionar qué pasa con el padre de familia. Pocas personas estarían en desacuerdo en que el hombre adulto se encuentra hoy en crisis. Los varones se encuentran a punto de estar ya detrás de las mujeres en medidas importantes tanto personales como de bienestar social. Un libro actual de Hanna Rosin lo documenta en The End of Men And the Rise of Women (El Fin de los Hombres Y el Ascenso de las Mujeres), en donde ella apunta que de muchas maneras el hombre se ha convertido en “el sexo débil”.
Pongamos como ejemplo algunas frases célebres:
ν “Los hombres son lo que sus madres hicieron de ellos” – Ralph Waldo Emerson
ν “El destino futuro de un niño(a) es siempre labor de la madre”—Napoleón Bonaparte
ν “Todo lo que soy, se lo debo a mi madre” – John Quincy Adams
ν “Dios no pudo estar en todas partes, por eso creó a las madres” – Poema judío
ν “Todo lo que soy o quiero ser, se lo debo a mi madre-ángel” – Abraham Lincoln
La influencia de la madre en el hijo o hija ha sido siempre reconocida por aquellos individuos exitosos en casos en que claramente fue mayor el dominio de la madre que el del padre.
Algunas mujeres se vanaglorian de esto, sin embargo, la mayoría se preocupa especialmente porque la debilidad de los varones en sus vidas hace cada vez más difícil para ellas su papel de esposas y madres.
La problemática se desenvuelve de la siguiente manera: Si los niños no se convierten en hombres buenos y confiables, no pueden llegar a ser buenos y confiables esposos y padres de familia. La mayoría de las mujeres desean casamiento e hijos, no necesitan ser convencidas. Pero si preguntamos cuál es el principal obstáculo para que ellas lleguen a esta meta, no es que haya escasez de varones, sino que hay pocos varones adultos responsables.
Si las mujeres no encuentran varones para casarse, a menudo encuentran otros caminos. Así, no es coincidencia que las dos tendencias mayores y en crecimiento actuales de formación familiar sean: la cohabitación y los embarazos fuera del matrimonio entre mujeres de 20 a 35 años de edad. Existe además tendencia al aumento de hogares de jefatura femenina, esto es, casos de mujeres separadas, divorciadas, viudas, madres solteras, etc. sobre todo en países en desarrollo. Esto obliga a las mujeres a buscar ingresos propios que les generen mayor autonomía dentro de las tendencias demográficas y sociales: migraciones, viudez, rupturas matrimoniales y fecundidad adolescente.
En América Latina, al menos uno de cada cinco hogares es encabezado por una mujer. Las familias con jefatura femenina suelen estar constituidas en importante proporción, por mujeres solteras o separadas por lo general jóvenes. Estas constituyen uno de los grupos más vulnerables en la región por cuanto viven con mayores dificultades su maternidad, además de la fragilidad de la jefatura del hogar.
¿Qué pasa entonces con el padre de familia?
En el libro Fatherless America (América Sin Padres), su autor David Blackenhorn analiza “el complejo proceso cultural del oscurecimiento de la paternidad que, en última instancia, alienta graves problemas sociales tales como la violencia juvenil y doméstica, el aumento de embarazos de adolescentes y de niños nacidos fuera del matrimonio, los abusos sexuales contra menores, y por supuesto, la marginación económica de muchas mujeres y niños”.
Este autor nos dice que la paternidad ha sufrido una disminución progresiva que comenzó cuando, en la Revolución Industrial, hogar y centro de trabajo se separaron. Desde entonces, la realización del varón se lleva a cabo de manera creciente fuera de la familia. Así, el padre se ha desprendido de funciones tan vitales como las de educador moral y cuidador irreemplazable.
Otros autores y en congresos internacionales de familia se afirma que en nuestros días la masculinidad unida a la paternidad aparece como algo que debe ser superado más que recuperado. Y es que la aspiración masculina de mantener relaciones sexuales sin responsabilidad se presenta como el modelo ‘masculino’ en series televisivas, películas e impresos de todo tipo, por tanto, una paternidad disgregada y vaciada de contenido produce una masculinidad dudosa, caracterizada por relaciones sexuales episódicas o violentas.
La madurez varonil debe ser educada y refinada para orientar a los varones. Contrariamente a la mujer, un varón no posee una agenda inscrita en su cuerpo. El niño no tiene un GPS que lo dirija a su futuro. La transición a la madurez solo vendrá con trabajo significativo e intencional por ejemplo de otros varones.
Como comportamiento, la madurez varonil debe ser aprendida, probada y ganada. Como identidad, la madurez varonil debe ser ejemplificada por el padre del niño y por la gran mayoría de los hombres en su entorno. Su madre solo puede afirmarlo, no es legado de ella. La madurez masculina debe ser orientada en dirección pro-social y comunitaria.
Los antropólogos afirman que el problema original y fundamental de cualquier cultura es el varón sin vínculos. Si se deja por sí mismo, no se inclinará a relacionarse bien con los demás, no tendrá disposición a hacer de sí mismo o de nadie que lo rodee mejores personas, se convertirá en un contagio social. Buscará definirse a sí mismo dentro de la comunidad por poder, falsa confidencia y conquista egoísta, o se contraerá hacia la inactividad.
Un santo de nuestros tiempos, San Josemaría, repetía a sus seguidores --“¡Esto Vir!”—“¡Sé Un Hombre!”, todos sabemos lo que significa esta exhortación, aun las feministas lo saben y tiemblan. Implica que, en cada momento de la vida de un hombre, su hombría está puesta en juicio para ser ganada una y otra vez, para ser confirmada o cancelada.
La mujer es la fuerza estabilizadora de la sexualidad masculina, es el factor que autoriza a la paternidad. Si un hombre desea involucrarse en la vida de su hijo, es la madre quien determina cómo puede realizarse esto. La paternidad es establecida mediante su concesión. Ella prefiere que su relación con el varón sea pública siendo su esposo y el padre de su hijo. Los antropólogos lo denominan la “legitimación del hijo”.
Ya que es sumamente difícil que una mujer con su hijo prosperen por sí mismos, el matrimonio surgió en cada civilización a través del tiempo como medio para que el hombre-padre tome la responsabilidad del hijo y de la madre, su esposa. Esta es la razón del por qué el matrimonio es un acto profundo y público y ninguna sociedad ha encontrado otra forma mejor de funcionar correctamente.
Ciertamente no es coincidencia que el término “feminización de la pobreza” a medida que surgió la revolución sexual, iniciara con la separación entre relaciones sexuales, los hijos y el matrimonio. Así, mientras que se abren mayores oportunidades para las mujeres (como en España) debido a la lograda ‘igualdad’, la pobreza se ha convertido en un problema femenino y quizá la razón principal sea el incremento de los hogares formados por mujer soltera e hijo(s). Como resultado, hay decaimiento del bienestar infantil.
Los verdaderos hombres son aquellos que dan más de lo que se quedan, en una palabra, ellos tienen en alto la palabra “servir”. Servir a su familia, a la sociedad y a Dios. Un hombre de verdad es como una fuente, no como un desagüe.
La formación del hombre es la principal tarea de la civilización humana y por tanto, es su mayor reto cuando es ignorada.
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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