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¿Y si el Papa Francisco hablara?
 
Era inevitable que los periodistas que acompañaban al Papa en su viaje de retorno al Vaticano desde Dublín lo cuestionaran respecto al contenido del documento de Viganò.
Javier Algara
 
 
El "testimonio" del Arzobispo Carlo Maria Viganò sigue siendo la comidilla del día de muchos medios informativos y de numerosos corrillos católicos en Estados Unidos, país que constituye el escenario de gran parte de lo descrito por el exnuncio en Washington. Lamentablemente, la influencia del contenido del documento de Mons. Viganò no ha respetado las fronteras geográficas, porque la conclusión a la que llega el documento afecta a estabilidad de la Iglesia universal. El arzobispo acusador pide ni más ni menos que la renuncia del Sumo Pontífice. Pero precisamente por la gravedad del asunto, el documento merece un par de consideraciones.
La primera se refiere a que tanto el contenido del documento como la forma en que éste se hizo público indica que se trata de una acción bien planificada. Aunque para algunos comentaristas noticiosos de Estados Unidos el "testimonio" del Arzobispo Viganò sería una forma personal, sincera y descarnada de descargar su angustia ante la magnitud del problema de la pederastía clerical en Estados Unidos; sin embargo, la selección de la fecha de la publicación del documento, haciéndola coincidir con el último discurso del papa en el Encuentro Mundial de las Familias, deja entrever que se trata de un plan bien trabajado entre varias personas; es patente que el documento acusador forma parte de una estrategia dirigida hacia un objetivo: forzar al papa a renunciar. Se pretende evidenciarlo internacionalmente como un hipócrita que públicamente aparece como paladín del combate a los abusos sexuales del clero mientras internamente solapa descaradamente a los curas abusivos, como el excardenal estadounidense Theodore McGarrick. Es precisamente esta premisa la que sostiene la argumentación de Viganò para exigir la renuncia del Papa argentino.
Era inevitable que los periodistas que acompañaban al papa en su viaje de retorno al Vaticano desde Dublín lo cuestionaran respecto al contenido del documento de Viganò. El tema no es una nimiedad. Es enorme la trascendencia de la denuncia para la Iglesia y para la posibilidad de que ésta desarrolle efectivamente su trabajo evangelizador en las actuales condiciones del mundo. Pocos temas han sacudido de tal modo a la Iglesia, en especial a la de Estados Unidos, en tiempos recientes. De confirmarse lo asentado por el exnuncio miles de fieles abandonarán la Iglesia, y la imagen de ésta en el mundo quedará mucho muy maltratada. La confiabilidad de la Sede de Pedro quedará en vergonzoso entredicho.
El papa Francisco, sorpresivamente, dejó la pregunta sin responder. Todos los presentes en el avión esperaban escuchar del papa argentino una negativa cortante de los cargos de los que lo acusa Viganò; esperaban una detallada refutación papal de los nombres, fechas y circunstancias referidas por el exnuncio en su "testimonio". Lo que oyeron fue el anuncio de una decisión que el Papa había tomado: No hablará del tema hasta el momento propicio. Y recibieron, en cambio, una invitación a leer el documento para sacar periodísticamente de su texto sus conclusiones personales. Como era de esperarse, la respuesta del papa devino, por un lado, en una turba de apoyos al arzobispo denunciante y, por otro, en una serie de defensas del papa. El Pueblo de Dios, mientras tanto, está sumido en la incertidumbre y la tristeza. Nadie quisiera ver confirmada la veracidad de la denuncia de Viganò, pero tampoco nadie puede garantizar que el espectáculo creado por esta última no terminará precisamente en eso. La prensa norteamericana, en especial, parece dar por descontado que así será. El sentimiento anti Francisco colorea la mayor parte de las informaciones del periodismo yanqui, empezando por el católico. Las expectativas para la Iglesia de ese país no pueden ser más desesperanzadoras.
¿Y si el papa hablara? ¿Si Francisco rompiera su silencio? ¿Qué diría? ¿Se declararía culpable del cargo que se le hace? ¿O desenmascararía a la conspiración de Viganò y sus socios aclarando puntualmente cada duda y borrando cada sospecha?
Yo quisiera que fuera de este último modo. Es más, yo sé que va a ser así. La misma densidad de la acusación, y la forma en que ésta se presentó, delatan una motivación poco evangélica de parte del arzobispo denunciante. Hay evidencia bastante clara de que detrás de Viganò hay un intento de sembrar cizaña en el trigal de la Iglesia. Y, como lo afirma Jesús en el evangelio, a la hora de recoger la cosecha la cizaña será arrojada al fuego. Pero, por lo pronto, la cizaña crecerá junto con el trigo bueno. Este consejo evangélico seguramente explica en parte el silencio papal. Pero hay más. Ya anteriormente el papa Bergoglio se ha visto en problemas por responder al bote pronto en circunstancias similares. El famoso caso chileno de los obispos encubridores es uno de ellos. El reciente caso de los sacerdotes falsamente acusados de abuso sexual en España, en cuyo proceso Francisco abogó al inicio equivocadamente en favor del denunciante, el verdadero culpable, por falta de información, también lo habrá convencido de la conveniencia de esperar hasta no tener a la mano toda la verdad.
Pero, finalmente, ¿hablará el Papa? Esperamos que sí lo haga. Y entre más pronto mejor. Lo que está en juego es demasiado valioso.
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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