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Pablo el caminante eterno, capítulo L. Un invierno reparador.
 
Para Pablo toda la historia se divide en antes de Cristo y después de Cristo, el hombre de la caída, y el hombre redimido.
Jorge Espinosa Cano
 
 
El invierno del año 57 toma a Pablo en Corinto, es frío, y por lo tanto no es una buena época para viajar. Pablo es recibido en casa de su amigo Gayo, oportunidad para trabajar en el mejoramiento de la Iglesia, para restituir fuerzas, y dedicar también tiempo a la reflexión.

Mucho ha realizado el apóstol en el oriente, y es inevitable pensar que el mandato de Jesús de extender su palabra para todo el mundo debería por lo tanto incluir la gran capital del imperio, la gran ciudad de Roma.

Dentro del balance de sus reflexiones sobre la unidad no se olvidaba tampoco de su origen, le preocupaba también la situación de la comunidad en Jerusalén, y como tantas culturas y tan diferentes formas de pensar debería quedar sin embargo unidas bajo las enseñanzas del Evangelio.

Por otro lado, la vida seguía avanzando, Pablo ya no era ese joven que había sido derribado para que su orgullo quedara sometido y pudiera ser mensajero de Jesús, por lo tanto convenía asegurar que su mensaje se fuera completando, para que sirviera de enseñanza en el presente y también al futuro.
Es bajo estas circunstancias que Pablo escribe su carta a los romanos, que ya habían sido evangelizados, en principio, seguramente, por Pedro y sus compañeros; pero cuyo contenido teológico sería de vital importancia para la Iglesia Universal.

Para Pablo toda la historia se divide en antes de Cristo y después de Cristo, el hombre de la caída, y el hombre redimido. No desconoce que, en mucho el hombre, ha avanzado en conocimientos y en filosofía; pero siempre con caídas graves que hacen que las sociedades retrocedan. Esto queda muy claro con la divinización de los emperadores romanos, el hombre ya no ve a la divinidad, sino que pretende sustituirla con la humanidad de un hombre poderoso.

Terrible decadencia moral que se refleja en una conducta sexual totalmente inmoral que se hace muy común, y que se produce en casi todas las culturas de su época, y que por increíble que parezca, parece que hoy en día al alejarnos de Dios vuelven a cobrar fuerza con nombres más elegantes, y hasta se les llega a llamar derechos humanos.

El mundo se viene abajo por su falta de amor y por su despotismo. Pablo llama a cuentas tanto al mundo pagano, como al judaísmo, que, habiendo sido elegido por Dios para recibir a su enviado, se concentró en hacer de la ley su mandato supremo, en lugar de verla como un medio para cumplir con su misión.

El judío será también salvado por Cristo y no por Moisés, sin embargo, la rebeldía para aceptarlo proviene del orgullo humano, que es la fuente del pecado, porque el hombre no puede redimirse así mismo.
Si nadie puede darse la vida así mismo, mucho menos la vida sobrenatural, por eso Dios mismo es el que interviene en la historia humana. Por eso el hombre debe aceptar a Cristo, para no dejarse gobernar por las inclinaciones de la carne.
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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