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¿Abrazos, no balazos?
 
AMLO es un presidente que ha decepcionado a muchos por sus falacias, promesas sin cumplir y sobre todo por perjudicar al pueblo, aquel que había dicho que era primero.
Salvador Abascal Carranza
 
EUM SEIE 11 enero 2019.-
 
A un mes y días de haber iniciado el gobierno encabezado por López Obrador, podemos hablar ya de un régimen fracasado. Lo más grave de todo no es que alguien –la oposición, los medios de comunicación, las instituciones autónomas o la sociedad civil organizada– le haya puesto obstáculos insuperables que le impidan gobernar, por ejemplo, saboteando sus proyectos, sino que el presidente todo poderoso ha cambiado algunas de sus promesas de campaña por acciones que las contradicen totalmente. Y las que se mantienen, como la cancelación del nuevo aeropuerto, o el recorte de sueldos a los funcionarios públicos, son una verdadera locura. La cuarta transformación nació como una terrible confusión.
¿No se cansó (el ganso) de decir que al día siguiente de su toma de posesión el país iba a cambiar, porque iban a cambiar las condiciones que hacían posible la violencia? “¡Abrazos, no balazos!” Exclamó en varias ocasiones. La pobreza fue señalada como la causante del crimen organizado. O es ignorancia, o es ingenuidad, o ambas cosas. El presidente López sorprende, ciertamente, pero por la pobreza de su análisis y de sus propuestas. Seguramente muchos mexicanos quedaron profundamente decepcionados, aquellos que le creyeron, porque al primer mes de la gestión de AMLO subieron las ejecuciones 65% (Periódico Reforma). La verdad es que, para el caso, poco importan las cifras (el gobierno nunca dio números confiables), el hecho es que la violencia no paró mágicamente, como lo había prometido el entonces candidato. El presidente López, como todo buen megalómano, cree que su sola presencia es suficiente para cambiar las cosas y, si la terca realidad insiste en que las cosas no van bien, es simplemente porque él no estuvo allí antes; pero, se cansa, como el ganso, que él va a hacer de México un remanso de paz y “bienestar de las almas”.
¿Qué pasó con la promesa de López Obrador de regresar paulatinamente al ejército a los cuarteles, mientras formaba la Guardia Nacional, de naturaleza puramente civil? ¿Y con el compromiso de respetar y hacer respetar la ley? Ya tiró a la basura el apotegma juarista (que Juárez mismo se encargó de contradecir): “Nada fuera de la ley, nadie por encima de la ley”. El presidente López se ha burlado una y otra vez de ella y la ha violado a la vista de todo “el pueblo sabio”. Él, como Juárez, se siente superior a la ley porque, nada importa que aún no exista un ordenamiento jurídico que le permita formar la prometida Guardia Nacional, ya que, para él, como supremo poder, ya existe ese cuerpo hecho con militares y policías (otra contradicción), y ya está reclutando a jóvenes, y hasta uniformes les ha proporcionado.
Por otra parte, el todopoderoso Sr. López ha ordenado a sus subordinados adelgazar la obesa burocracia mexicana. En principio, la medida suena bien, pero dicho adelgazamiento no está sustentado en estudios de necesidades de servicio y de competencia, de tal manera que los despidos de miles de burócratas, la mayoría de ellos con el rango de personal de confianza, se está haciendo de manera arbitraria y sin pagarles la indemnización que por ley les corresponde. Una más de las decisiones del supremo gobierno violatorias de la ley. Puede ser que en el mediano plazo el costo por la ausencia de personal capacitado se vuelva, como boomerang, en contra de la eficiencia y de la eficacia del servicio público y, por lo mismo, quien va a pagar los platos rotos va a ser el ciudadano común.
Y eso que solamente he referido algunas de las acciones del nuevo gobierno que hacen ver la impreparación, tanto de los funcionarios públicos como de su jefe, quien está “gobernando” con base en caprichos, ocurrencias e improvisaciones. Y esto es sólo el comienzo…
Para concluir estas breves reflexiones sobre el desgobierno de López Obrador, no puedo dejar de comentar lo que constituye su nuevo “logo”, en el que aparecen, supuestos “padres de la Patria”. Es evidente que, como historiador, el presidente es también un fracaso. Para empezar, el cura Hidalgo no representa a los héroes de la independencia de México. Su campaña la dedicó, en su mayor parte, a asesinar a inermes españoles, de tal manera que sus crímenes le merecieron la recriminación y el distanciamiento de Allende. Además, Hidalgo no tenía noción de lo que significaba la independencia de México, Morelos, pero sobre todo Iturbide, sí. De Juárez, aparte de lo comentado en líneas arriba, se debe decir que murió siendo un dictador. Poco le duró su convicción republicana de la no reelección. Además, afectó gravemente a los indígenas con la Ley de Desamortización de Manos Muertas (consideraba que no solamente el clero católico, sino también los indígenas eran “Manos Muertas”), los expulsó de sus tierras y los condenó a vivir en las cañadas (sobre todo en Chiapas). ¿Será por estas cosas que AMLO se identifica tanto con Juárez? Francisco I. Madero era un hombre débil, espiritista y supersticioso. Antes de salir de su casa a Palacio Nacional, consultaba en la ouija al espíritu de Juárez para recibir su consejo de cómo gobernar. Lázaro Cárdenas, el cuarto “prócer” que compone la nueva imagen del gobierno de López Obrador, fue el autor de la Reforma Agraria que sumió al campo mexicano en el peor abandono de la historia, y que les dio motivo a los presidentes que le sucedieron (menos Carlos Salinas) para repartir tantas tierras, que por su extensión (que se hace constar en sus informes de gobierno) parecería que México había crecido cuatro pisos. También hay que recordar que Cárdenas declaró socialista a su gobierno y emprendió la segunda persecución en contra de los católicos. Por el perfil de los cuatro “próceres”, podemos deducir el perfil mismo del todopoderoso señor López.
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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