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¿Quiero que haya justicia?
 
Dadas las características alarmantes propias del entorno contemporáneo, es necesaria otra virtud para practicar la justicia. Esta es la fortaleza. La fortaleza consigue una solidez interior tan grande que forja personas “de una pieza”.
Ana Teresa López de Llergo
 
 
La justicia es una virtud, de ella se derivan otras virtudes, por eso, es una de cuatro virtudes cardinales. Las virtudes se encuentran en las personas que las cultivan. Entonces, cuando pedimos justicia tenemos que encontrar a personas justas que vivan la justicia, que den a cada quien lo que les corresponde.
Esto demanda un sentido de responsabilidad hacia la propia vida y hacia la de los demás. Pues es injusto pedir respeto cuando no respetamos, pedir honestidad cuando violamos los compromisos adquiridos, pedir la restitución de lo nuestro cuando nos quedamos con lo ajeno, pedir la veracidad cuando calumniamos.
Además de herir cuando somos injustos, damos mal ejemplo a quienes nos estiman, especialmente a los miembros de nuestra familia y estamos fomentando la injusticia de modo inmediato en nuestro ámbito, y poco a poco, estas conductas se propagan y llegan mucho más lejos. Si estamos viviendo en una sociedad deteriorada, tenemos que poner el remedio y empezar por mí y los míos.
La meta es que en una familia haya un padre justo, una madre justa, cada hijo justo, unos empleados justos, unos abuelos justos, unos tíos justos, unos primos justos,… Como mantenerse así es bastante difícil, por la cercanía de estas relaciones, hemos de tratar de ayudarnos cuando vemos que alguien se debilita. En familia es más fácil llegar a tiempo.
Dadas las características alarmantes propias del entorno contemporáneo, es necesaria otra virtud para practicar la justicia. Esta es la fortaleza. La fortaleza consigue una solidez interior tan grande que forja personas “de una pieza”: leales a sus principios, de manera que son capaces de acometer contra las injusticias, o resistir ante las tentaciones. Y con los miembros de la familia saben llegar a tiempo para evitar tropiezos.
Revisaremos ahora algunas de las dolorosas injusticias de las que tenemos noticias o de las que hemos sido testigos y, desgraciadamente, preferimos no hacer nada.
Ser testigos de un robo en un transporte público. La justicia consiste en impedir el robo o, si ya se consumó, cercar al ladrón para detenerlo. Pero para lograr esa actitud se requiere fortaleza. Primero para denunciar lo que estamos viendo aunque el ladrón se desquite. Si no nos dimos cuenta del robo, pero oímos al denunciante, apoyarle y no dejarlo solo, a costa del cambio de nuestros planes. Urge proteger a la víctima y frustrar al bandido, urge también mover a otros para impedir el mal.
Si alguien forma parte de un grupo delictivo y empieza a arrepentirse, tendrá que ser fuerte para estar dispuesto a soportar el desquite de sus compañeros. Además, también deberá estar dispuesto a denunciarlos y a poner medios para impedir sus desmanes. O si les recluyen en un reformatorio, afrontar los intentos de venganza cuando recobren la libertad.
Hay quienes frustran los pequeños o medianos negocios que se ponen en marcha con mucho esfuerzo y con el mínimo de medios. Es el caso de algunas tiendas en zonas populosas a cuyos dueños les asfixian con el injusto cobro de derecho de suelo. Muchos saben quiénes son los extorsionistas, pero fingen ignorancia por cobardía, no quieren complicarse la vida aunque crezca el mal.
Este triste panorama, nos ha de llevar a plantearnos medidas preventivas, como puede ser: no intimar con personas violentas y transgresoras de las normas, no dejar pasar pequeños desmanes que al crecer producirán graves actos delictivos, no dejarse llevar por reacciones exageradas que deterioran las relaciones, etcétera.
Pero también es necesaria la denuncia a las respectivas autoridades para lograr que tomen cartas en los asuntos. A esos niveles se requiere la fortaleza para cumplir el propio deber de velar por la justicia, de hacer que las leyes se vivan.
Sin llegar a circunstancias tan dramáticas, mucho más cercano a todos, es el cuidado de los recursos de la institución donde trabajamos. A veces, somos causa del robo hormiga cuando por descuido ocasionamos el deterioro de los recursos a nuestra disposición, o hacemos uso de ellos sin que nos corresponda. Tal vez, esto ya no nos llama la atención, porque todos incurren en estas conductas. Pero nunca es tarde para reconocer que están mal y poner remedio.
Otras veces somos testigos del maltrato de los equipos de los servicios públicos: autobuses, taxis, vagones del metro. Su deterioro ocasionará alzas en el mantenimiento que tendremos que pagar los usuarios. Esta falta de conciencia social es una auténtica injusticia. Pero ser testigos de esos actos y no denunciarlos es también una falta de fortaleza. Así que ninguno estamos exentos de culpa.
Además, aunque se llegue a conseguir un ambiente sano, siempre hay que vigilar, para extirpar a tiempo la incipiente mala hierba. En nuestro planeta la condición para la concordia es no descuidarse. Quitar los males cuando son pequeños, pues de otro modo nos desbordarán y costará más trabajo combatirlos. Este es nuestro caso. Más vale que aprendamos la lección.
Ante nuestra vida se presenta la disyuntiva entre el esfuerzo por defender la verdad y promover la moral o la comodidad de dejar hacer y dejar pasar los errores y las maldades.

La fortaleza nos lleva a luchar contra nuestra comodidad. Luchar por ayudar a otros a ser buenos ciudadanos, para ser conscientes de la responsabilidad de conservar en buen estado los recursos que utilizamos todos.
Y, el orden en el ejercicio de la virtud de la fortaleza empieza en la familia. Esta sociedad es la más entrañable, la más cercana y, sobre todo, es la que nos compete en primera instancia. Será un orgullo comprobar que los miembros de la familia viven día a día el discreto heroísmo de combatir el mal.
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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