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El reto de la honestidad
 
La realidad es que, si empezamos por ser deshonestos en lo pequeño, poco a poco lo iremos siendo en lo importante.
Lucía Legorreta
 
 
Todos los días y a todas horas vivimos situaciones que ponen a prueba nuestra honestidad: en la casa, trabajo, escuela o calle suceden cosas que nos obligan a preguntarnos como debemos actuar.
Algunos ejemplos: la empleada de una tienda comete un error al entregarnos el cambio y nos da dinero de más; te encuentras algo tirado de valor en la calle que no es tuyo; el maestro revisa mal el examen y nos te da una calificación más alta de la que mereces; rompes accidentalmente algo en una tienda y nadie se da cuenta.
¿Y podríamos seguir y seguir, como reaccionas ante estas situaciones? ¿Las dejamos pasar o nos vamos por lo correcto?
Mentir, engañar, ser injusto con los demás, no cumplir una promesa, robar, todas éstas son formas de deshonestidad.
A veces la deshonestidad tiene que ver con cosas de poca importancia como el hacer trampa en un juego o decir una pequeña mentira; pero también puede relacionarse con situaciones relevantes, como alguien que roba o comete un fraude.
Como vemos, el gran reto de ser honestos tiene que ver con nuestro interior, con nosotros mismos, ya que en la mayoría de los casos estas pequeñas fallas pueden no ser vistas por los demás.
La realidad es que, si empezamos por ser deshonestos en lo pequeño, poco a poco lo iremos siendo en lo importante.
Creer en la honestidad y promover este valor no significa que siempre vayamos a caminar por el lado correcto, que nunca nos equivocaremos o que todo el tiempo seremos justos con los otros.

Significa, más bien, que somos capaces de distinguir entre un comportamiento adecuado y otro que no lo es. También quiere decir que, aunque nos cueste trabajo, trataremos de conducirnos lo más honradamente posible.
En ocasiones nos comportaremos mal, consciente o sin darnos cuenta, después de todo somos humanos. Sin embargo, lo que importa es reconocer que hemos actuado mal y que podemos cambiar.
Es verdad que las personas que cometen actos deshonestos no siempre reciben castigo. Podemos llegar a pensar: “Si otros lo hacen… ¿por qué no hacerlo yo?” Y como bien dice el dicho: “Mal de muchos, consuelo de tontos”
No porque estemos rodeados de faltas de honestidad, no debemos luchar y vivir este valor: este es el gran reto.
Si eres papá o mamá, la vida cotidiana ofrece muchas oportunidades a los padres para comunicar a sus hijos el significado de la honestidad.
Pero sobre todo se aprende mediante el ejemplo y a través de pequeñas acciones y actitudes: respeto a las señales de tránsito, no aprovecharse de los demás, ser honrados, cumplir aquello que prometen y reclamar frente a una injusticia, entre otras cosas, les están transmitiendo, sin decirlo explícitamente, la esencia de la honestidad:
Algunos consejos:
- Nunca califiques de manera positiva frente a tus hijos los actos deshonestos de alguien.
- Evita mostrar interés o aplaudir expresiones artísticas o culturales, que hagan apología del crimen.
- Hazles ver a tus hijos que los actos honestos no necesitan ser premiados; la satisfacción que producen es su mejor recompensa.
Quizá el rasgo más importante de la honestidad, el cual comparte con otros valores, es que no existe fuera de la acción. Es decir, más que un concepto abstracto o una entidad teórica, la honestidad es algo que se hace.
En el mundo no hay honestidad, sino actos honestos. Nadie puede llamarse a sí mismo honesto hasta que no lo demuestra con los hechos.
Es por ello que este valor, padres de familia y maestros: habrá que enseñarse, sobre todo, a partir de ejemplos que aludan a conductas específicas.
Actuar de manera honesta nos trae, a la larga, más ventajas que desventajas, aunque al principio no lo parezca. Podrás o no arrepentirte de un acto deshonesto, pero nunca lo harás de haber hecho lo correcto.
Las personas honestas se respetan a sí mismas y, por lo tanto, se sienten mejor pues están en paz con su conciencia, viven más tranquilas.
También son confiables a los ojos de los demás y, en consecuencia, se ganan en aprecio de sus semejantes. A los líderes honestos se les quiere y sigue porque sus actos están apegados a la justicia y a la verdad.
Vivamos este gran reto y seamos honestos con nosotros mismos y con los demás.
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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