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¿México nuevo con AMLO?
 
Oramos por nuestro querido México, quien no deja de estar en manos de Dios.
Moisés Matamoros
 
EUM SEIE 4 julio 2018.-
 
Con la aproximación del resultado electoral nos encaran cuestionamientos importantes de cara al futuro de nuestro país. Sin embargo ¿es la responsabilidad del futuro presidente y demás gobernantes lograr el cambio que nuestro país necesita?
Una pregunta con muchas respuestas. Sin duda el voto más importante que hemos hecho es el de confianza, que es el más fácil de perder.
Andrés Manuel López Obrador y los demás candidatos que han obtenido la mayoría de los votos para ejercer el servicio público deberán cuidar primeramente este aspecto. La fe de las personas es siempre un tesoro. Y no solo es el hecho de tachar un nombre en una boleta, estamos depositando un horizonte en sus manos.
Se deberá considerar a aquellos que no votaron por los ganadores. En lo que respecta al Presidente de la República, ampliar el horizonte de aquellos que se orientaron por otra alternativa de gobierno. A ellos más que no defraudarlos, primero hay que valorarlos, apreciarlos y respetarlos por haber manifestado una opinión distinta de la que obtuvo el beneficio del triunfo.
La tarea hace contrapeso a la misión encomendada a cada uno de nosotros. Las acciones pequeñas de todos los días podrán ayudarnos a la comunión fraterna como mexicanos. Es de aplaudir cuando una persona respeta la fila en lugar que le corresponde. O cuando un conductor evita pasarse un alto, o cambiarse de carril de manera abrupta. Cuando evitamos hablar mal del otro, o nos justificamos al llegar tarde a una cita a razón del tránsito congestionado. Cuando saludamos, decimos “gracias” y “por favor”.
¿Qué decir del cuidado de los recursos? Naturales y materiales. Si somos cuidadosos con el agua, si no contaminamos, si no desperdiciamos la energía eléctrica. Si cuidamos nuestras pertenencias y nuestro primer ahorro lo orientamos en aprovechar lo que tenemos en casa, o en nuestro centro de trabajo; de esta manera haremos cambios de fondo y forma que permeen en nuestros espacios de convivencia.
Nos queda cuidar nuestros ambientes internos. Con independencia de la simpatía política, reconocer que hay más vínculos que nos unen como familia, sociedad común. El valor de la amistad se debe anteponer a los gustos personales de cualquier índole: sea un equipo de fútbol, creencia religiosa, ideología política, identidad sexual, filosofía personal de vida. No nos corresponde juzgar, señalar o dictar veredicto.
Como vemos, hay acciones, decisiones, que no solo dependen de los gobernantes. El país lo hacemos todos, nos corresponde con esta coherencia de vida exigir a aquellos que tienen en sus manos las decisiones del rumbo nacional que sean leales a los valores universales que quisimos expresar a través de nuestro voto.
No podemos dejar que nada pase, como sociedad nos exige el deber de estar cercanos y vigilantes del bienestar nacional. Si realmente amamos a nuestra Patria, sumemos voluntades para no permitir más abusos que lastiman la sensibilidad y vulnerabilidad de las personas.
Los políticos deben sentir nuestro compromiso, expresado también en esta sana demanda, no solo de retórica, o “resultados”. En cada momento, en cada espacio: un solo México en distintos contextos, todos merecedores del mismo respeto y con el derecho de ser escuchados y tomados en cuenta.
Idílico es pensar que un nuevo país surge con una votación. Lo que sí puede suceder es que estemos gestando nuevos caminos, nuevas alternativas, nuevos retos. Pero suma mucho el mejor aporte de cada uno. De lo contrario caeremos como cada periodo electoral en el fenómeno “Adán y Eva”, donde comer del fruto prohibido fue una secuencia de responsabilidades no aceptadas por parte de los protagonistas del relato bíblico.
Oramos por nuestro querido México, quien no deja de estar en manos de Dios y en el regazo materno y amoroso de Santa María de Guadalupe. Oremos por nuestros gobernantes actuales y los que asumirán el cargo dentro de algunos meses. Oremos por nosotros, que sepamos dar testimonio de nuestra convicciones personales y colectivas.
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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